Sportwashing: La política detrás del espectáculo | Opinión de Nahiara Colmenero
- La Redacción

- hace 2 días
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¿Viajarías hasta Arabia Saudí para ver jugar a Cristiano Ronaldo? ¿O asistirías al Gran Premio de Azerbaiyán de la Fórmula 1 sin pensarlo dos veces?
Son eventos que nos conmocionan. Nos permiten sentir la pasión del deporte a flor de piel.
Pero detrás de ese espectáculo hay algo más que simple entretenimiento.
Lo que para nosotros es una competencia, para algunos gobiernos es una estrategia.
Muchos países que hoy son sede de grandes eventos deportivos —incluidos los ya mencionados— han sido señalados por graves violaciones a los derechos humanos. Y aun así, albergan los deportes más populares y mediáticos del mundo.
Lo inquietante no es solo eso. Lo inquietante es que casi nadie lo cuestiona.
Los fanáticos viajan, celebran, consumen la experiencia. Ven estadios nuevos, ceremonias grandiosas, ciudades modernas. Pero no ven lo que queda fuera del encuadre. No ven la represión, las restricciones, la violencia estructural que viven muchas personas en esos
mismos lugares que, por unas semanas, se convierten en el foco internacional.
Ese fenómeno tiene nombre: sportwashing (blanqueamiento deportivo). Y consiste en utilizar grandes eventos como fachada. Proyectar estabilidad, apertura y modernidad hacia el exterior, mientras se intenta suavizar —o invisibilizar— realidades incómodas hacia el interior.
Y no es algo nuevo.
En 1936, la Alemania nazi organizó los Juegos Olímpicos bajo el régimen de Adolf Hitler para mostrar una imagen de prosperidad y orden ante el mundo. Décadas después, la Copa Mundial de la FIFA 1978 se celebró en plena dictadura militar en Argentina. Incluso la Copa Mundial de 1934 fue utilizada por el régimen fascista de Mussolini como vitrina ideológica.
El patrón se repite: el espectáculo distrae. La euforia colectiva diluye las preguntas incómodas.
La cuestión no es dejar de disfrutar el deporte. La cuestión es no hacerlo con ingenuidad.
Conocer el término no basta. Hace falta pensamiento crítico. Hace falta preguntarnos qué está ocurriendo en los países que celebramos como anfitriones. Hace falta entender que, en ocasiones, el balón también puede servir para limpiar reputaciones.
Y no hay que ir demasiado lejos. México y Estados Unidos serán sede del Mundial de FIFA 2026. Ambos atraviesan crisis profundas: violencia, detenciones, represión, polarización social.
¿Están listos para recibir un mundial? ¿O es otra oportunidad para proyectar al mundo una imagen de estabilidad que disiente de la realidad? El deporte une. Pero también puede encubrir.
La pregunta no es si disfrutaremos el espectáculo. La pregunta es si estaremos dispuestos a mirar más allá de él.





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