La moral según Washington | Opinión de Gael Haziel
- La Redacción

- 8 ene
- 2 Min. de lectura

La intervención militar de Estados Unidos en Venezuela, que terminó con la captura del presidente Nicolás Maduro y su traslado a Nueva York, no solo estremeció al continente, también le puso un espejo incómodo a quienes hasta hace unos meses celebraban símbolos desde Oslo.
Ante este contexto, la figura de María Corina Machado, principal opositora al gobierno chavista y quien hace unos meses obtuvo el premio nobel de la paz se diluye en un paisaje político donde la moral se subordina al cálculo estratégico, aquí la verdadera pregunta que hoy enfrenta la región no es si Machado merece un reconocimiento simbólico, sino si ese reconocimiento le garantiza algo de poder real en Venezuela, spoiler alert: no es así.
Donald Trump, arquitecto principal de la invasión en Caracas, lo dejó claro sin medias tintas: Machado no tiene el apoyo ni el respeto necesario dentro del país para liderar una transición venezolana. “Ella es muy amable”, dijo el presidente estadounidense, “pero no cuenta con el respeto interno ni la base popular para gobernar”. Ese comentario, más que una anécdota, es una sentencia.
Que la líder opositora venezolana bajara la cabeza ante Washington, agradeciendo públicamente la intervención militar habla más de una subordinación que de un liderazgo autónomo. No se trata de negar su coraje ni su trayectoria, eso sería injusto, sino de entender la diferencia entre ser premiado en Europa y tener legitimidad política en Caracas.
Si el pueblo venezolano no respeta a la cara más visible de la oposición, si las prioridades de la Casa Blanca se inclinan más hacia el control de recursos energéticos y el equilibrio de fuerzas en el Caribe que hacia una transición democrática genuina, entonces el nobel de la paz queda reducido a un trofeo decorativo sin peso político en la realidad venezolana.
La intervención estadounidense ha mostrado que el poder real —el que cambia regímenes, mueve ejércitos, decide cadenas de mando y reconfigura fronteras de influencia— no pasa por Oslo ni por premios simbólicos. Pasa por centros de decisión donde se calculan intereses, se negocian recursos y se evalúa quién es prescindible.
Y en esa ecuación, Machado no ha sido más que una carta instrumental. No fue elegida por millones de venezolanos en las calles ni en las urnas. Fue presentada como símbolo desde afuera, pero no goza de legitimidad interna suficiente para sostener una transición sin el visto bueno del poder estadounidense.
Hoy más que nunca, Latinoamérica debería preguntarse si los símbolos importan tanto como la voz de sus propios pueblos.







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