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La cercanía de una guerra a 12 mil kilómetros | Opinión de Nahiara Colmenero

  • Foto del escritor: La Redacción
    La Redacción
  • 1 mar
  • 2 Min. de lectura

Las alertas están encendidas ante los ataques suscitados en varios países de la región conocida como Oriente Medio. En medio de la avalancha de información —y del ruido que hoy ahoga cualquier intento de claridad— podemos extraer algunos datos clave: Estados Unidos e Israel habrían iniciado un ataque “preventivo” contra Irán en el contexto de negociaciones estancadas; la muerte del líder iraní, Alí Jamenei; y la respuesta de Irán no se limitó a un objetivo específico, sino que se extendió hacia países que albergan bases estadounidenses o respaldan su presencia en la región: Bahréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Jordania, Irak, Arabia Saudita e Israel.


Lo que comenzó como un supuesto movimiento estratégico puntual ya no puede leerse como un enfrentamiento bilateral. La escalada nos sitúa frente a un conflicto de alcance regional.


Pero quizá lo más preocupante no es el número de misiles ni la lista de países involucrados. Lo más inquietante es el lenguaje. El término “ataque preventivo” se presenta como una decisión inevitable, casi técnica, como si fuera la única opción disponible frente a una amenaza inminente. Y, sin embargo, la historia demuestra que las guerras no comienzan con declaraciones formales, sino con decisiones que se presentan como inevitables.


Las guerras empiezan cuando se normaliza la excepcionalidad. Cuando la seguridad desplaza al derecho. Cuando la prevención justifica la acción antes que la diplomacia.


Aunque desde México el conflicto parezca lejano —a más de 12,000 kilómetros— no es ajeno a nosotros. No solo por nuestra vecindad con Estados Unidos, sino porque el sistema internacional es profundamente interdependiente. Un conflicto de esta magnitud no se contiene dentro de fronteras regionales: reconfigura alianzas, tensiona bloques, obliga a los Estados a alinearse y revive una lógica peligrosa donde el enemigo de mi aliado se convierte en mi enemigo.


A ello se suman las consecuencias económicas. Si Irán decidiera bloquear el estrecho de Ormuz —arteria por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial— el impacto no sería regional, sino estructural. La desestabilización de los precios energéticos impulsaría la inflación global, afectaría cadenas de suministro y golpearía directamente a las economías más vulnerables. En un mundo ya tensionado por conflictos y crisis económicas, una chispa adicional podría desencadenar efectos en cascada.


Hoy no solo tememos por la vida de los ciudadanos de una región históricamente inestable. Tememos por la fragilidad de un orden internacional que parece sostenerse cada vez más en decisiones unilaterales justificadas como urgentes. Porque cuando los líderes actúan bajo la narrativa de que no hay alternativa, el margen para la contención desaparece.


Lo que estamos presenciando no es únicamente un episodio de violencia más en una región convulsa. Es la demostración de cómo, paso a paso, las escaladas se construyen bajo la apariencia de inevitabilidad.


Y la historia ha demostrado que cuando algo se presenta como inevitable, rara vez lo es para quienes terminan pagando sus consecuencias.

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