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El privilegio de desconectarse | Opinión de Nahiara Colmenero

  • Foto del escritor: La Redacción
    La Redacción
  • hace 6 días
  • 2 Min. de lectura

Algunas personas suelen presumir su poca dependencia a la tecnología y al internet. Incluso es algo que suele aplaudirse: “qué bueno que no estés pegado al celular todo el día; desde que llegó el internet, la vida se nos fue para allá”. Vivir desconectado parece, para muchos, un signo de equilibrio, de libertad, incluso de resistencia.


Y la verdad, está bien. Siempre y cuando sea una elección propia.


Pero ¿qué ocurre cuando no lo es? ¿Cuando tu vida, tu seguridad o la posibilidad de pedir ayuda dependen de esa conexión? ¿Cuando el internet no es ocio ni distracción, sino tu único vínculo con el exterior?


El internet, tan satanizado en algunos discursos, es hoy una herramienta vital para millones de personas. Basta mirar hacia Irán, donde el bloqueo deliberado de la red se ha convertido en una estrategia más para el control estatal. Limitar las comunicaciones no es un daño colateral ni una medida técnica: es una decisión fríamente calculada para impedir que la inconformidad social, la represión y las violaciones a los derechos humanos crucen sus fronteras.


En un país como Irán atravesado por una profunda crisis económica, con servicios básicos colapsados y una población hundida en la precariedad, las protestas no son nuevas. Lo alarmante es la intensidad de la violencia con la que el Estado ha respondido y el esfuerzo sistemático por borrar sus consecuencias del espacio público global. Sin internet no hay videos, no hay denuncias, no hay testigos. No hay forma de pedir auxilio ni de dejar constancia de lo que ocurre.


Lo que debía ser ruido social se transformó en un desierto de silencio: miles de personas detenidas arbitrariamente, heridas y asesinadas, mientras más de 90 millones de civiles quedaron incomunicados del resto del mundo. El bloqueo de las telecomunicaciones no solo agrava la represión, la encubre. Impide que las víctimas sean visibles y que la exigencia de justicia encuentre eco.


A pesar de ello, organizaciones de derechos humanos y algunos medios han logrado alertar sobre lo que sucede en Irán, trabajando en condiciones extremadamente adversas. Sin embargo, las cifras reales siguen siendo inciertas, distorsionadas por la información del gobierno y la imposibilidad de verificación. Cuando el gobierno controla la red, controla también el relato… y, muchas veces, la memoria.


Prohibir las comunicaciones no es solo una medida administrativa ni una estrategia de seguridad: es, en sí misma, una violación a los derechos humanos. Negar el acceso a internet implica negar los derechos a la información, a la libertad de expresión y, en muchos casos, al acceso a la justicia. Hoy, el acceso a internet no es únicamente un lujo; se ha convertido en una herramienta básica para ejercer otros derechos.


Lo verdaderamente aterrador no es solo que un gobierno tenga el poder de apagar el internet de millones de personas, sino que el mundo aprenda a vivir con ese silencio. Que pasen los días, las semanas, y la ausencia de información se vuelva normal. Mientras debatimos si dependemos demasiado del celular, Irán sigue desconectado. Y con ello, miles de historias siguen sin poder ser contadas.


Que deje de ser noticia no significa que haya terminado. Significa, simplemente, que hemos decidido mirar hacia otro lado. Y cuando el silencio se normaliza, la violencia deja de necesitar justificación.

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