El peor enemigo de morena… es morena | Opinión de Froylán Castillo
- La Redacción

- 18 feb
- 2 Min. de lectura

Hay momentos en que un gobierno se delata no por lo que presume, sino por lo que se le rompe en público. El caso Marx Arriaga no es un simple pleito administrativo en la SEP. Es una escena de teatro político donde se ve, con luz de neón, la verdad incómoda, Morena está fracturado y ya no se pelea contra “la derecha”, sino contra sí mismo.
Porque cuando un funcionario se atrinchera, acusa traiciones, convoca a “comités” y convierte una oficina pública en trinchera ideológica, lo que está en juego no es un puesto, es el control del relato. Arriaga fue el rostro de los nuevos libros, pero terminó convertido en ficha de cambio en un reacomodo mayor, reacomodo interno donde el movimiento prioriza su operación electoral y su disciplina por encima del discurso épico.
Morena está entrando en esa fase típica de los movimientos que nacen como fe y gobiernan como facción, puristas contra pragmáticos, “legado” contra realidad. El oficialismo contra sí mismo, devotos disputando la herencia, peleas intestinas que ya no caben bajo la alfombra del “pueblo bueno” y un mosaico de tribus compitiendo por cuotas y espacios.
Ahora, vayamos al elefante en el salón, la herencia de Marx Arriaga son libros cargados de ideología, sí, pero el trasfondo va más allá de las páginas. En Vanguardia se narra el núcleo del choque, Arriaga se opone a que se cambie “una sola coma”, mientras que desde la cúpula se intenta administrar el costo político. Eso exhibe la contradicción central del régimen, cuando la realidad aprieta, la “revolución” se vuelve gerencia; y cuando la gerencia manda, los “radicales” sobran.
Y ahí aparece el verdadero Frankenstein, Morena no es un partido, es un injerto. Un armatoste armado con pedazos de tribus, lealtades, oportunismos y carreras recicladas. Un proyecto hecho con retazos de lo que juraron destruir, sobras del PRI, guiños del PAN, pragmatismo de viejo régimen, y un barniz moralizante para venderlo como “transformación”. El resultado es predecible, cuando el liderazgo carismático se repliega, queda lo que siempre estuvo debajo, ambición, cuotas, pleitos por candidaturas y control.
Arriaga, entonces, funciona como el personaje perfecto para la tragedia, el ideólogo útil mientras servía, el incómodo cuando estorba. Incluso él mismo ha dicho que le ofrecieron una embajada para que dejara el cargo y que no aceptó; se mantuvo “atrincherado” y convocó a jornadas de “protesta con propuesta”. En paralelo, desde el oficialismo se asume que el problema no era “revisar libros”, sino apagar incendios internos y contener daños.
No es casualidad que haya voces dentro del propio movimiento reclamando que “procesaron mal” su salida y que esto exhibe disputas ideológicas internas. Cuando hasta los tuyos aceptan que hay pleito, ya no es intriga externa, es crisis de cohesión.
Y sí, Arriaga y muchos más acabarán en el basurero de la historia. No porque la historia sea neoliberal, sino porque la historia es implacable con los proyectos que confunden Estado con dogma, educación con propaganda y partido con secta. Los radicales de escritorio siempre creen que están escribiendo el futuro… hasta que la propia maquinaria que alimentaron les firma el cese.
Morena está roto. Y el caso Arriaga no es la grieta, es el vidrio estrellándose en el piso para que todos lo oigan.









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