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El país de las dudas | Opinión de Gael Haziel

  • Foto del escritor: La Redacción
    La Redacción
  • hace 1 día
  • 2 Min. de lectura

Hay algo preocupante en la política mexicana actual: la sospecha ya se volvió parte de la normalidad. Escándalos, señalamientos y versiones sobre presuntos vínculos entre poder político y crimen organizado aparecen tan seguido que la ciudadanía dejó de sorprenderse.


El caso de Rubén Rocha Moya es ejemplo de ello. Hace no mucho era uno de los gobernadores más respaldados de Morena. Hoy nadie quiere defenderlo. El silencio alrededor de su figura dice más que cualquier comunicado. Y no es casualidad. Cuando los señalamientos comenzaron a escalar desde Estados Unidos, muchos dentro del oficialismo entendieron que el costo político podía ser demasiado alto.


Porque una cosa es resistir críticas de la oposición mexicana y otra muy distinta entrar en el radar de Washington.


Pero sería un error pensar que esta crisis solamente exhibe a Morena. En Chihuahua también hemos visto cómo la confianza pública se desgasta cada vez más. La polémica reciente alrededor de Maru Campos y las versiones sobre presuntas investigaciones o seguimientos por parte de agencias estadounidenses volvieron a colocar al estado en una conversación incómoda.


Más allá de si dichas versiones tienen sustento o terminan quedando en rumores políticos, el problema es otro: la facilidad con la que resultan creíbles para una parte de la ciudadanía.


La administración estatal llegó prometiendo orden y resultados después del desastre que dejó Javier Corral, pero la realidad sigue marcada por inseguridad, violencia y una percepción creciente de desconexión entre la clase política y los problemas cotidianos de la gente.


Mientras Morena enfrenta cuestionamientos por figuras como Rocha Moya, el PAN tampoco puede asumir una posición de superioridad moral. La crisis de credibilidad ya alcanzó prácticamente a toda la clase política mexicana.


Ese es el verdadero problema.


Que hoy la ciudadanía escucha cualquier escándalo político no con sorpresa, sino con resignación.

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