Carreteras de nadie: el silencio de la Guardia Nacional | Opinión de Valeria Mata
- La Redacción

- hace 1 hora
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Muchas cosas de las que vemos y tocamos, la comida en la mesa, la ropa que vestimos o los insumos de una fábrica, llegó ahí sobre ruedas. Es un proceso tan cotidiano que pocas veces nos detenemos a pensar en el riesgo que corre un chofer al cruzar el país para que no falte nada en casa. Pero lo que debería ser un trabajo normal, hoy es una profesión de peligro extremo. En México, mover mercancía ya no es solo cuestión de logística o tiempos; es un acto de fe. Una empresa de transporte lidia con dificultades normales como el diésel, las casetas y las fallas mecánicas; pero todo eso hoy pasa a segundo plano frente al verdadero enemigo: la inseguridad y la nula respuesta de la Guardia Nacional.
La logística no es solo mover cajas, es la columna vertebral de nuestra economía. Y aún así, el costo de trabajar hoy en este ámbito incluye una "cuota" de miedo que ninguna empresa debería pagar. No hablo solo de dinero o equipo, sino de la integridad de los trabajadores que pasan días y noches en carreteras totalmente abandonadas. Es triste que una empresa como la nuestra tenga que limitarse y rechazar rutas porque ir al sur o cruzar ciertos estados "en foco rojo" es, literalmente, arriesgar la vida de nuestros operadores y el patrimonio que tanto nos ha costado construir.
A veces, ver noticias sobre asaltos en carretera se siente como algo lejano, hasta que te toca. Por eso decido escribir esto, para evidenciar lo que vivimos. En mi empresa ya hemos pasado por todo: impactos de bala en las unidades, cristales rotos e intentos de asalto que, por suerte, solo quedaron en sustos. Pero lo que vivimos el pasado miércoles por la madrugada fue la gota que derramó el vaso; nos recordó la vulnerabilidad absoluta en la que nos tienen trabajando.
Todo empezó en un tramo "ciego", de esos que no tienen señal y que deberían estar vigilados. De pronto, perdimos el rastro del operador en el GPS y el teléfono perdió la señal. Pasaron horas de angustia y silencio, lo que nos obligó a reportar el robo por petición del cliente y llamar al seguro. El ajustador tardó dos horas en llegar al punto y nos confirmó que el tráiler simplemente se había descompuesto. Lo indignante es que, durante toda esa madrugada de pánico, la Guardia Nacional no fue capaz ni de tomarnos el reporte, mucho menos de mover una patrulla para ayudarnos a buscar al operador.
Más allá de “los fierros” o la carga, lo que te quita el sueño es el factor humano. Escuchar la voz de un chofer que tiene miedo por su integridad es algo que no podemos pasar por alto. Esa sensación de abandono total en medio de la oscuridad, sabiendo que nadie vendrá al rescate en el momento más crítico porque la autoridad no existe, es la marca más profunda que nos deja esta crisis.
Ahí es donde la Guardia Nacional debería estar. Nos prometieron una corporación capaz de pacificar los caminos, pero esa promesa se estrella contra la realidad de patrullas ausentes y respuestas que llegan —si es que llegan— cuando el daño ya es irreparable. ¿Dónde están cuando el transportista los busca desesperado? Su ausencia es un vacío que nadie llena.
Lo que es más grave, esto parece ser algo más que solo falta de gente, sino una preocupante falta de voluntad y estrategia. Las carreteras se han vuelto "zonas muertas" donde el gobierno no entra, permitiendo que el crimen organizado sea más eficiente que el propio Estado. Mientras tanto, nos dejan a nosotros a nuestra suerte ante cualquier percance, sea un asalto o una simple falla mecánica que, por el entorno, se convierte en una pesadilla.
¿Quién nos cuida realmente? No es una pregunta al aire. Si la Guardia Nacional no está para proteger el libre tránsito y a quienes mueven la economía del país, ¿entonces cuál es su función? Hay una distancia abismal entre los discursos oficiales y el abandono que sienten nuestros choferes cada noche en la ruta.
En México no debería haber carreteras de nadie. Dejar las rutas comerciales vacías es un incentivo directo para la delincuencia. Cada vez que una patrulla decide no estar en un tramo peligroso, está cediendo el control y condenando a una empresa y a sus trabajadores al abandono; y más importante, impide que bienes y servicios esenciales lleguen hasta la población.
Urge recuperar el control antes de que la inacción termine por frenar el movimiento del país. Necesitamos una Guardia Nacional que vigile y que proteja de verdad, no una espectadora silenciosa de la vulnerabilidad de los ciudadanos. Por el bien de México y de los trabajadores que, a pesar de todo, siguen moviendo a esta nación, las carreteras deben dejar de ser territorio de nadie.









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