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El miedo no puede gobernar a México | Opinión de Leonardo Lozano

  • Foto del escritor: La Redacción
    La Redacción
  • hace 1 día
  • 4 Min. de lectura

En verdad dueles, México. Basta con encender la televisión o revisar las noticias para encontrarnos con un panorama que entristece y preocupa profundamente, olas de violencia que parecen no terminar, camiones robados y quemados en las carreteras, personas asesinadas sin ningún vínculo con el crimen organizado y elementos de seguridad que pierden la vida intentando salvaguardar la paz en territorios cada vez más difíciles. Son imágenes que ya no deberían parecernos normales, pero que tristemente comienzan a formar parte de la cotidianidad de nuestro país.


México tiene un dolor en el alma, un dolor profundo que no puede ignorarse ni minimizarse. La violencia no se combate con discursos vacíos ni con estrategias que han demostrado ser insuficientes. La paz no se construye con simples palabras, ni con abrazos, ni con promesas que se quedan en el aire. La paz se construye con decisiones firmes, con instituciones sólidas y con una verdadera coordinación entre los tres niveles de gobierno. Se construye aplicando la verdadera fuerza legítima del Estado y haciendo valer el Estado de Derecho, utilizando la ley y la armamentística de la milicia mexicana, como instrumento de justicia y protección para los ciudadanos.


Es triste ver cómo la tranquilidad de millones de familias se ve amenazada por grupos delictivos que siembran miedo en distintas regiones del país. Es indignante observar cómo personas trabajadoras que durante años construyen un patrimonio con esfuerzo pueden perderlo en cuestión de minutos a manos de delincuentes que actúan con total impunidad. No puede aceptarse que pertenecer a un grupo criminal sea utilizado como excusa para hacer lo que se quiera, sin respeto por la vida ni por la propiedad de los demás.


Hoy circulan constantemente videos en redes sociales donde se observa a integrantes del crimen organizado incendiando vehículos, destruyendo negocios o generando pánico entre la población. No son escenas de una película ni historias lejanas, son hechos reales que ocurren en nuestro país. Ante esta realidad, resulta indispensable aplicar toda la fuerza contra quienes amenazan la paz de México. Es necesario detener el fuego y el miedo que recorren las calles, particularmente en regiones donde la violencia se ha vuelto más visible y agresiva.


Resulta doloroso preguntarnos en qué momento actividades tan simples como ir al supermercado, caminar por la calle o permitir que los niños jueguen al aire libre comenzaron a sentirse como riesgos innecesarios. La seguridad no debe ser un privilegio reservado para unos cuantos; debe ser un derecho garantizado para todos los mexicanos. Nadie debería sentir que puede perder la vida simplemente por salir de casa.


En medio de esta realidad difícil, es justo reconocer a quienes todos los días arriesgan su vida por proteger la de los demás. Los verdaderos protagonistas en la lucha por la seguridad son las mujeres y los hombres que integran las corporaciones de seguridad y las fuerzas armadas. Gracias a ellos muchas comunidades siguen en pie. No son los discursos ni las conferencias los que contienen la violencia, sino el valor de quienes enfrentan el peligro directamente.


Detrás de cada elemento caído existe una historia que muchas veces no conocemos, hijos que se quedan sin padre o sin madre, esposas y esposos que viven con la incertidumbre diaria y con el rosario en mano, pensando si volverán a ver a sus seres queridos, familias que rezan y esperan noticias. Esa es la dimensión humana de esta crisis, y no podemos olvidarla ni volvernos indiferentes.


Lo que estamos viviendo es inadmisible. La expansión del crimen organizado y su capacidad para generar terror no puede ser vista como algo inevitable. México no puede resignarse a vivir bajo el miedo. Todavía hay mucho que se puede hacer para cambiar el rumbo, pero eso requiere voluntad política, claridad de rumbo y mano dura de la presidente que en verdad no lo a hecho.


Hoy el miedo se siente en las calles, en las escuelas y en los espacios públicos. Sin embargo, también existe otro problema que muchas veces pasa desapercibido, la normalización del crimen a través de la cultura. En películas, series y canciones se glorifica a personajes ligados a la delincuencia organizada, presentándolos como figuras admirables o exitosas. Esa narrativa termina influyendo, sobre todo en los jóvenes, creando una percepción equivocada sobre lo que significa el éxito y el poder.


La llamada narcocultura también representa un riesgo social. Combatirla no es tarea exclusiva del gobierno, aunque sin duda éste tiene una gran responsabilidad mediante políticas públicas eficaces y programas que verdaderamente fortalezcan a las comunidades. La lucha también comienza en casa, en la familia, en la educación y en los valores que se transmiten día con día.


Porque, así como la sociedad y el Estado, puede otorgar poder a quienes hacen daño, también tiene la capacidad de frenarlo. México necesita ciudadanos comprometidos, familias fuertes y autoridades responsables que trabajen por un mismo objetivo, recuperar la paz.


México duele, pero México también merece esperanza. Y esa esperanza sólo será posible cuando se combata directamente a estos grupos y se deje de hacer equipo con estos. Cuando la justicia, la ley y el bien común vuelvan a ocupar el lugar que nunca debieron perder.


Cierro con esta frase: La libertad no es un don de la naturaleza, sino un derecho por el cual es necesario luchar permanentemente. (Eugenio Garza Sada, 1962).

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