El caos como estrategia | Opinión de Nahiara Colmenero
- La Redacción

- 11 abr
- 2 min de lectura

“Una civilización entera morirá hoy, para nunca ser traída de vuelta. No quiero que eso suceda, pero probablemente pasará.”
Así inició la semana Donald Trump; más que una frase, una amenaza. Una declaración que, en otro contexto, habría encendido alarmas inmediatas, pero que hoy parece insertarse en una dinámica ya conocida: la de tensar el discurso al límite para, al día siguiente, cambiar la narrativa.
En ese vaivén constante se ha popularizado el término TACO, utilizado para describir la conducta del mandatario estadounidense: amenazas contundentes que, en muchos casos, terminan diluyéndose. El acrónimo —Trump Always Chickens Out— se traduce como “Trump siempre se acobarda”. Más allá del tono irónico, el concepto refleja una opinión cada vez más compartida: la inconsistencia como estrategia.
Aunque su actuar resulta cada vez más impredecible, el mandatario no improvisa del todo. Trump maniobra en la geopolítica como si se tratara de un tablero de ajedrez, moviendo piezas, poniendo en jaque a sus adversarios y, en ocasiones, hasta a sus propios aliados. La diferencia es que, en este juego, las reglas no siempre están claras y las consecuencias son reales.
Su estilo ha roto con las estructuras tradicionales de la diplomacia. Durante décadas, incluso en contextos de crisis, los líderes cuidaban las formas: evitaban el alarde, medían el lenguaje y sostenían narrativas que aparentaran estabilidad. Hoy, ese equilibrio parece haberse fracturado.
La amenaza directa, expansiva y mediática se ha convertido en herramienta de negociación. Y aunque esto le ha permitido proyectar fuerza, también ha erosionado un elemento fundamental en política internacional: la credibilidad. Porque cuando todo es una advertencia, nada termina por ser completamente creíble.
Mientras Trump lanza discursos desestabilizantes, el resto del mundo permanece en vilo. Sus palabras no se quedan sin efecto: los mercados se alertan, la bolsa se agita y la política se tambalea. Afectan a aliados y adversarios, a países cercanos y lejanos, a actores involucrados y a quienes, en teoría, no lo están.
En los años que restan de su mandato, su figura seguirá siendo objeto de análisis para quienes estudian el comportamiento político y las tendencias geopolíticas. Sin embargo, el reto no será únicamente entenderlo, sino anticipar los efectos de una lógica que parece desligada de sus propias consecuencias.
Porque, entre amenazas incumplidas y narrativas cambiantes, conviene no perder de vista lo esencial: quien prometía traer la paz, continúa operando desde el caos.









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