El Mundial arranca, pero el país arde | Opinión de Froylán Castillo
- La Redacción

- hace 6 días
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El Mundial debía ser una fiesta, una vitrina para presumir lo mejor de México, su gente, su cultura, su historia, su capacidad de recibir al mundo con grandeza. Pero justo cuando el balón está por rodar en el nuevo Estadio Azteca, lo que se asoma no es solamente la emoción de una Copa del Mundo; también se exhibe el desorden de un país que el Gobierno Federal insiste en maquillar.
México será sede del partido inaugural del Mundial 2026 tendremos el primer estadio en recibir partidos de tres Copas del Mundo. Pero ese orgullo nacional llega envuelto en una contradicción dolorosa, mientras el mundo mira hacia México, México llega a la cita con protestas, obras inconclusas, tensión social e inseguridad.
El gobierno quiso vendernos la imagen de un país listo, moderno y en paz. La realidad le contestó con vallas metálicas, plantones, bloqueos y operativos de emergencia. La CNTE mantiene movilizaciones en la Ciudad de México; colectivos de familias buscadoras, estudiantes, trabajadores judiciales y otros grupos han visto en el Mundial una oportunidad para gritar lo que el gobierno no ha querido escuchar y no es menor, México llega al Mundial con más de 133 mil personas desaparecidas, una herida nacional que ningún espectáculo puede ocultar.
Mientras la FIFA prepara pantallas gigantes, miles de familias siguen buscando a sus hijos. Mientras el gobierno habla de fiesta, hay madres buscando restos en la tierra. Mientras se blindan estadios, muchas comunidades siguen sin la protección básica del Estado. Esa es la verdadera contradicción mexicana, podemos organizar un evento global, pero no hemos logrado garantizar lo más elemental, que la gente viva sin miedo.
A unas horas de la inauguración, el Zócalo que debía ser punto de encuentro y celebración, aparece cercado, tensionado por el paro magisterial y por la incertidumbre sobre los accesos al Fan Fest. El propio Estadio Azteca fue declarado “instalación de seguridad nacional” para intentar contener posibles manifestaciones. No es una señal de fortaleza; es la confesión de que el gobierno perdió capacidad de prevención y ahora administra crisis a base de improvisación.
Y como si eso no bastara, las obras de infraestructura llegaron tarde. Durante meses se prometió que México estaría preparado; sin embargo, reportes previos al arranque del Mundial señalaron obras inconclusas en la Ciudad de México y remodelaciones del AICM realizadas a marchas forzadas. El aeropuerto, que debería ser la primera impresión del país ante millones de visitantes, se convirtió también en símbolo de la mala planeación, inversión millonaria, retrasos, saturación y trabajos de última hora.
México merece recibir al mundo, el problema es que el gobierno confundió propaganda con resultados. Creyó que una ceremonia podía tapar años de abandono, que un estadio lleno podía borrar las calles tomadas, que una transmisión internacional podía ocultar la violencia cotidiana.
La inseguridad sigue al orden del día. Aunque el Gobierno Federal presuma reducciones en homicidios, los propios análisis internacionales siguen ubicando a México con niveles de violencia extremadamente altos. Human Rights Watch reportó que la tasa oficial de homicidios de 2024 superó los 25 por cada 100 mil habitantes, una de las más altas del mundo; y el Índice de Paz México 2026 advierte que estados como Sinaloa registraron deterioros severos por violencia de alto impacto.
Eso es lo que el mundo verá si decide mirar más allá de la cancha, un país con talento, con cultura inmensa, pero administrado por un gobierno que normalizó la crisis. Un país donde los ciudadanos ponen el corazón y el gobierno pone pretextos. Un país donde la gente sí está lista para recibir al mundo, pero sus autoridades no estuvieron a la altura.
El Mundial no incendió México. México ya estaba ardiendo.
Lo único que hizo el Mundial fue prender las luces.
Y bajo esas luces se ve todo, la falta de planeación, la incapacidad de diálogo, la debilidad institucional, la violencia que no cede, la infraestructura que no llega, las víctimas que no encuentran justicia y un gobierno más preocupado por cuidar la foto que por resolver el fondo.
Porque el país que recibirá al mundo no es el país de la propaganda oficial. Es el país de millones de mexicanos que, a pesar del abandono, siguen trabajando, resistiendo y levantándose todos los días. El Mundial pasará. La imagen quedará. Y la pregunta será inevitable, ¿cómo es posible que un país tan grande haya sido gobernado por políticos tan diminutos?









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