Cuando cae una dictadura, tiemblan sus cómplices | Opinión de: Froylán Castillo
- La Redacción

- 5 ene
- 3 Min. de lectura

La política nunca se queda en un solo plano. Cruza cuerpos, territorios, alegrías y miedos. Creer que no te atraviesa siempre es un engaño.Y lo sucedido en Venezuela lo confirma con crudeza.
Durante años, desde fuera, muchos analizaron al régimen de Nicolás Maduro como un problema ideológico, diplomático o geopolítico. Pero para millones de venezolanos no fue una discusión académica ni un debate de escritorio, fue hambre, exilio, cárcel, censura, tortura y muerte. Solo los venezolanos saben realmente lo que significaba ser “liberados”, porque solo ellos padecieron la espera.
Hay alegrías que solo existen después de haber esperado mucho. Alegrías que no se explican, solo las entienden quienes han vivido bajo el yugo. Por eso, antes de emitir juicios cómodos desde otros países, conviene recordar que la política nunca ocurre en el vacío; cada movimiento genera otro, y en Venezuela cada decisión del poder generó sufrimiento sistemático.
Desde una visión como internacionalista, lo ocurrido puede leerse positivamente en términos humanitarios, la caída de un régimen que funcionó como narco-dictadura, que gobernó mediante el miedo y el crimen, representa un alivio real para un pueblo devastado. Sin embargo, también es necesario decirlo con claridad, la legalidad internacional del operativo estadounidense es altamente cuestionable, y abre un debate legítimo sobre el uso de la fuerza militar sin respaldo multilateral. Celebrar el fin de una dictadura no obliga a renunciar al análisis crítico del derecho internacional.
Pero ese debate no puede convertirse en hipocresía selectiva.
Resulta llamativo por no decir indignante observar cómo hoy grupos y gobiernos de izquierda en América Latina descubren repentinamente la democracia, los derechos humanos, la legalidad y la soberanía. ¿Dónde estuvieron todo este tiempo para defender esas mismas causas con el pueblo venezolano?Parece que no les duele la violación sistemática de derechos, sino la caída de un dictador afín.
Conviene recordar los datos, porque la memoria también es un acto político:
36,800 víctimas de tortura y violencia estatal
18,305 presos políticos
Más de 10,000 ejecuciones extrajudiciales
468 asesinatos durante protestas
8,000 casos documentados de violaciones graves a derechos humanos
Más de 8 millones de venezolanos desplazados
Más de 400 medios de comunicación censurados o cerrados
90% de la población en pobreza y 50% en pobreza extrema
Tres elecciones sin reconocimiento nacional ni internacional
Un salario mínimo cercano a los 3 dólares
Eso fue el chavismo en el poder. Esa es la izquierda más ruin cuando gobierna sin contrapesos, sin límites y sin escrúpulos.
Este escenario también debería encender alertas en México. La caída de una narco-dictadura no solo libera a un pueblo, pone nerviosos a sus aliados, a sus cómplices y a quienes compartieron silencios, acuerdos o conveniencias. No se sabe cuánta información pueda salir a la luz, ni hasta dónde puedan alcanzar las revelaciones de un régimen que durante años operó en redes transnacionales de poder, dinero y crimen.
El gobierno de México tiene hoy una responsabilidad histórica, cuidar al Estado mexicano y romper de una vez por todas cualquier nexo directo o indirecto con el narcotráfico y con regímenes criminales. La política exterior de “abrazos diplomáticos” con dictaduras no es neutralidad; es omisión. Y la omisión, tarde o temprano, se paga.
No sería extraño que, conforme avance el proceso, empiecen a caer personajes de la ya tan desprestigiada 4T, no por persecución ideológica, sino por la simple lógica de los hechos, cuando cae una dictadura, tiemblan quienes caminaron cerca de ella. La historia reciente demuestra que los narco-Estados no operan solos ni en aislamiento.
Hoy más que nunca se necesita empatía con los hermanos venezolanos y mano dura contra los narco-dictadores que empobrecen, censuran, callan y matan. No se trata de romanticismo ideológico ni de intervencionismo acrítico; se trata de reconocer que hay regímenes que dejaron de ser gobiernos para convertirse en organizaciones criminales enquistadas en el Estado.
Ojalá este momento no se convierta en un nuevo capítulo de control, tutelaje o imposición externa. Ojalá sea, por fin, la oportunidad para que Venezuela con legalidad, paz, democracia y dignidad decida el propio rumbo de su historia.
Porque cuando un pueblo ha esperado tanto, lo mínimo que merece no es otro amo, sino la libertad de elegir su destino.
Feliz año 2026.







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