Mr. Why Not | Opinión de Alex Batista
- La Redacción

- hace 11 minutos
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Nadie nos prepara para que las cosas terminen. Nos obsesionemos por no envejecer nunca y vivir siempre en la perfección y la eternidad. Por eso queremos que nuestros ídolos nunca bajen su nivel, siempre digan y hagan lo correcto; a pesar de que nosotros no lo hagamos o lo reflejemos.
Queremos que la estrella nunca baje su nivel, el equipo nunca pierda. Las leyendas nunca envejezcan. Repetimos momentos de la gente que admiramos, como si los errores fueran una traición y no lo que realmente es: la condición misma de estar vivo.
La belleza está en que no vuelve, y ayer terminó una de esas cosas que uno imaginaba que iban a durar un poco más. Russell Westbrook anunció su retiro.
Para algunos será simplemente el final de la carrera de un jugador de basket. Para quienes crecimos viéndolo correr, saltar, caer, levantarse y volver a intentarlo, es algo mucho más difícil de explicar.
Westbrook fue mi jugador favorito de niño, y quizá por eso resulta extraño escribir sobre su retiro. Uno nunca se imagina que los jugadores que admiró durante la infancia algún día van a convertirse en recuerdos.
Después de 18 temporadas, Brodie se despidió con la frase: “A veces ni siquiera sabes cuándo ya has visto el final. Tenías que estar ahí. Y ahora se acabó”. Qué manera tan sencilla de explicar algo tan difícil.
Desde UCLA hasta sus últimos años con los Kings, siempre hubo alguien dispuesto a explicar por qué no era suficientemente bueno, por qué tomaba demasiados tiros, por qué cometía demasiados errores, por qué no había ganado un campeonato. Como si una carrera pudiera reducirse a una columna de estadísticas.
Pero Westbrook nunca jugó como alguien que estuviera preocupado por caerle bien a los demás. Jugaba como si cada posesión fuera la última.
No sabía jugar a media velocidad. Cada rebote disputado parecía como si su vida dependiera de ello. Cada contragolpe parecía una persecución. Cada clavada parecía como si quisiera arrancar el aro de la canasta.
Llegó a Oklahoma City en 2008 y formó parte de uno de los equipos jóvenes más fascinantes que hemos visto. Kevin Durant estaba ahí, James Harden también. 3 jugadores destinados a convertirse en MVP de la NBA compartiendo vestidor.
Imagínense lo que hubiera sido de ese equipo si se hubieran mantenido juntos. Desgraciadamente, Harden fue traspasado después de que perdieran las finales en el 2012 contra Lebron y el Heat; y temporadas después Durant terminaría marchándose al equipo por el que fueron eliminados en los playoffs.
Westbrook se quedó y ahí comenzó otra historia. Una en la que tuvo que cargar con un equipo que había perdido a dos de sus principales protagonistas y en la que, en lugar de esconderse, decidió hacer exactamente lo contrario: acelerar.
Rompio los libros de historia de la NBA. Se adueño del récord absoluto de triples-dobles, fue nombrado MVP de la liga en 2017, 9 veces All-Star y fue portador de un orgullo competitivo que muy pocos pueden replicar.
Y llegó también algo que no aparece fácilmente en las estadísticas: la certeza de que estabas viendo a alguien jugar exactamente como quería jugar.
Desgraciadamente, el tiempo no deja de correr y al final, siempre nos deja atrás.
Nosotros no queremos verlo porque mientras ellos corren, saltan y encestan, también parece que nosotros seguimos siendo aquellos que los vimos hacerlo por primera vez.
Por eso duele tanto un retiro. No solamente porque se va un jugador, sino porque se va también una pequeña parte de nosotros.
No tuvo el final perfecto. No tuvo el campeonato que tantos utilizaron como argumento para minimizarlo, tampoco tuvo el retiro que quizá merecía, pero hay algo profundamente injusto en medir toda una vida deportiva por aquello que no se consiguió.
El deporte está lleno de esos equipos que pudieron haber sido; y quizá ahí reside parte de su encanto. No solamente recordamos lo que ocurrió, también imaginamos lo que pudo ocurrir.
Me hubiera gustado verlo tener una despedida como la que tuvo Kobe Bryant. Una última temporada convertida en ceremonia, cada ciudad despidiéndolo, cada estadio reconociendo lo que había significado.
Pero quizá Westbrook nunca fue un jugador hecho para despedidas perfectas. Fue, precisamente, Mr. Why Not.
¿Por qué no intentarlo? ¿Por qué no volver a levantarse? ¿Por qué no demostrarle a los demás que están equivocados de nosotros?
Esa fue su manera de entender el deporte y quizá también sea una buena manera de entender la vida.
Porque pasamos toda la vida creyendo que el objetivo consiste en ganar. Después descubrimos que no siempre podemos hacerlo; que hay derrotas que no dependen de nosotros, que hay oportunidades que desaparecen, que hay personas que se van, que el cuerpo cambia, que los equipos se desarman y que incluso los héroes terminan retirándose.
Entonces uno entiende que quizá la pregunta importante nunca fue “¿ganaste?”. Quizá era ¿lo intentaste con todo lo que tenías?
Westbrook sí. Durante 18 años jugó como si todavía tuviera algo que demostrar; y tal vez eso fue precisamente lo que hizo que tanta gente lo amara y tanta otra gente lo cuestionara.
Gracias, Brodie. Gracias por jugar con el corazón afuera del pecho. Gracias por correr como si el tiempo no existiera. Gracias por recordarnos que la pasión también puede ser una forma de grandeza.
@alexbatista0




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