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La nostalgia selectiva: por qué el pasado nunca fue tan bueno como recuerdas | Opinión de Nahiara Colmenero

  • Foto del escritor: La Redacción
    La Redacción
  • hace 12 minutos
  • 3 min de lectura

¿Alguna vez has recordado una etapa de tu vida con tanta nostalgia que sientes la urgencia de regresar a refugiarte en ella?


Para mí, hay días en los que recuerdo cómo todo era más sencillo; cómo la niñez o la adolescencia me brindaban un ambiente de protección a cargo de mis padres, cuando las posibilidades para soñar con el futuro eran infinitas. Recuerdo aquella niña soñadora, cuya inocencia le permitía vivir en una burbuja donde creía en mil cosas que la madurez y la experiencia se han encargado de desmentir. Al reflexionar, me doy cuenta de que quizá no extraño lo que era, sino lo que creía que era.


Lo más interesante de todo es que esto no solo me pasa a mí, sino a muchísimas personas alrededor del mundo; y no solo en términos de la vida que solíamos tener, sino en el contexto en el que solíamos vivir.

Frecuentemente escuchamos comentarios sobre cómo antes la vida era mejor: que la economía era boyante, las relaciones eran reales y duraderas, las personas tenían más valores y compromiso, las calles eran más seguras y la vida era más simple. Y no es un sinsentido que las personas vinculen esta añoranza del pasado con el gobierno que entonces regía su comunidad. Pero aunque esta conexión parezca lógica, presenta un sesgo enorme.


Un ejemplo común es el debate sobre el estado de las cosas durante la dictadura de Porfirio Díaz donde, si bien hubo progreso económico e innovación, también existió una gran represión y beneficios repartidos entre unos pocos. Lo mismo pasa en España donde, durante la dictadura de Franco, hay quienes identifican progreso y estabilidad, sin analizar todas aquellas muertes y desapariciones que se suscitaron durante su régimen.


Este cegado romanticismo por el pasado no es algo nuevo y tiene nombre. El término retrotopía nace de Zygmunt Bauman, quien atinadamente lo define como la idealización del pasado por miedo al futuro. Es decir, sentimos una nostalgia, primordialmente selectiva, que nos hace recordar el ayer como un escenario casi perfecto al cual regresar ante los miedos y la ansiedad del futuro, o incluso ante la dificultad del presente.


Cuántas personas no han soñado con vivir en los 80 o quizá en los 50 en escenarios que imaginan como de película, cuando la realidad es que, si viviéramos en esas épocas, probablemente no gozaríamos de los mismos derechos, no tendríamos las mismas oportunidades o, simplemente, nos escandalizarían las prácticas de aquellos momentos.


Es la nostalgia selectiva la que te muestra lo bueno y omite los malos momentos, la que te hace querer regresar o buscar un refugio en un momento que ya fue. Es casi como esa amiga que insiste en regresar con su ex porque era feliz, olvidando por completo las peleas que los separaron.


Y no, no estaríamos mejor en el pasado. No podemos estancarnos pensando que lo mejor ya ocurrió o que el límite del esplendor ya fue alcanzado. Es momento de romper el espejo retrovisor. No podemos extrañar a personas que nos hicieron daño solo porque nos sentimos solos; no podemos añorar a políticos que arruinaron el país porque el presente sigue siendo difícil; no podemos exigir regresar a una etapa anterior solo porque hoy nos sentimos perdidos.


Dejemos de buscar refugio en un ayer que nunca fue tan perfecto. El único territorio que podemos cambiar es el ahora. Hoy, más que nunca, hay que rescatar la verdadera utopía: creer que el futuro será mejor, simplemente porque estamos dispuestos a transformar el presente.


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