La hora de los cristianos en la vida pública | Opinión de Froylán Castillo
- La Redacción

- hace 3 días
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En tiempos donde la política parece haberse degradado entre el cálculo y la lucha miserable por el poder, conviene decir una verdad incómoda, la ausencia de cristianos comprometidos en la vida pública no ha traído neutralidad, ha dejado vacíos. Y los vacíos en política nunca permanecen vacíos, los ocupan los mediocres, los cínicos y los que entienden el poder como botín y no como servicio.
Por eso, para un cristiano, participar en la vida pública no debería verse solo como una opción legítima, sino como una responsabilidad moral. No basta con lamentar el estado de las cosas, indignarse desde la comodidad de la crítica o refugiarse en una espiritualidad desencarnada. La fe, si es auténtica, tiene consecuencias públicas. Y una de las más altas expresiones de la caridad es precisamente la política, entendida como la búsqueda perseverante del bien común.
En plena Semana Santa, esta reflexión cobra una fuerza especial. Porque estos días no son únicamente memoria litúrgica, sino examen de conciencia. La Pasión de Cristo no puede reducirse a una emoción piadosa desvinculada de la realidad. Cristo entra a Jerusalén, enfrenta al poder, denuncia la hipocresía, se pone del lado de los últimos y entrega su vida por los demás. El cristiano que contempla la cruz tendría que preguntarse también qué está haciendo por la ciudad, por su comunidad, por las instituciones, por los más frágiles. La fe no puede quedarse encerrada cuando la injusticia se pasea impune por los espacios públicos.
Durante mucho tiempo se ha querido convencer a los creyentes de que la política es algo sucio, ajeno o incompatible con la vida espiritual. Es verdad que la política puede corromperse. Pero también es verdad que, cuando los buenos se retiran, los malos avanzan. Cuando los cristianos renuncian a incidir, otros ocupan esos espacios sin ningún compromiso con la dignidad humana, con la verdad o con el bien común. Y entonces no solo se gobierna mal, se normaliza la mentira, se premia la ambición y se abandona a los débiles.
La doctrina social de la Iglesia ha sido clara en esto. El cristiano en política no está llamado a imponer, sino a proponer, no a aplastar, sino a persuadir, no a dividir, sino a construir. La política auténtica exige algo que hoy escasea, la capacidad de generar consensos, de encontrar coincidencias entre opuestos, de reconocer al adversario como interlocutor y no como enemigo absoluto. Eso no es debilidad. Eso es civilización. Eso es altura de miras. Eso es entender que gobernar no consiste en incendiar al otro, sino en hacer posible la convivencia.
Frente a los populismos que manipulan a los débiles y frente a los liberalismos que terminan subordinando todo a los intereses económicos de los poderosos, encontramos el gran desafío del cristiano en la vida pública, el cual es recordar que cada decisión política toca vidas concretas, que detrás de cada presupuesto, de cada ley, de cada omisión, hay rostros humanos, que la dignidad de la persona debe ser el centro y que el bien común no es una consigna hueca, sino la obligación de construir condiciones para que todos puedan vivir con justicia, orden, libertad y esperanza.
Ser católico en política significa actuar con una concepción profunda del ser humano. Significa entender que no todo lo legal es justo, que no todo lo rentable es moral, que no todo lo popular es correcto. Significa tener humildad para escuchar, prudencia para discernir y valentía para decidir. Significa también aceptar que la política es imperfecta, que exige acuerdos, paciencia, gradualidad y realismo, pero sin renunciar a los principios.
Hoy más que nunca hacen falta cristianos en la vida pública. No como una secta, no como una cofradía de puros, no como guardianes de una superioridad moral, sino como servidores. Hacen falta hombres y mujeres que comprendan que la política es una de las formas más exigentes de amar al prójimo. Que entiendan que servir desde el gobierno, desde la sociedad civil o desde cualquier espacio público también es una manera concreta de cargar la cruz de nuestro tiempo.
Semana Santa nos recuerda que no hay resurrección sin entrega. Y quizá uno de los grandes errores de los creyentes de nuestro tiempo ha sido ceder demasiado terreno en la vida pública, dejando que otros decidan el rumbo de la sociedad sin alma, sin verdad y sin sentido de trascendencia. Ya es hora de volver. Porque cuando el cristiano abandona la vida pública, no gana la neutralidad, gana el vacío. Y el vacío, casi siempre, lo termina llenando el peor.





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