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La fragilidad de la libertad | Opinión de Nahiara Colmenero

  • Foto del escritor: La Redacción
    La Redacción
  • 18 jul
  • 3 min de lectura

A veces la ceguera no es precisamente por falta de lentes, sino de criterio y coherencia.


En los Ćŗltimos dĆ­as, un nuevo movimiento ha atraĆ­do la mirada de miles de personas, encendiendo alarmas y generando opiniones diversas. Este movimiento es conocido como tradwife, abreviatura de traditional wife o ā€œesposa tradicionalā€ en espaƱol.


Pero no es la existencia de este grupo lo que mĆ”s sorprende, sino la reciente polĆ©mica en la que se vio envuelto, surgida tras las controversiales declaraciones de algunas asistentes y expositoras durante la Women’s Leadership Summit 2026, organizada por Turning Point USA, asociación dirigida por Erika Kirk, figura polĆ­tica conocida por sus posturas ultraconservadoras.


Entre los comentarios vertidos en este foro, el que mĆ”s llamó la atención fue la propuesta de un voto por hogar, donde algunas mujeres plantearon ceder su voto para que el hombre ā€œresponsableā€ de la familia ejerciera este derecho fundamental por ellas. Todo ello bajo el argumento de que el matrimonio constituye una sola entidad y de que esta decisión contribuirĆ­a a construir un sistema polĆ­tico conservador mĆ”s funcional. En el caso de las mujeres solteras, la propuesta contempla que sean representadas por sus padres, hermanos o algĆŗn otro familiar masculino.


Estos polémicos hechos no solo han generado preocupación, sino que también invitan a la reflexión, pues pensar en ellos como un hecho aislado sería cerrar el panorama. Vivimos en una época tan cambiante que incluso nuestros propios derechos han dejado de sentirse garantizados. Y es precisamente ahí donde radica la verdadera preocupación: cuando comenzamos a normalizar discursos que nos invitan a renunciar voluntariamente a nuestros derechos, también vale la pena preguntarnos qué tan firmes son realmente las libertades que creemos aseguradas.


Los derechos que como sociedad hemos logrado conquistar y preservar hoy penden de un hilo. En algunos lugares se erosionan; en otros, incluso han sido suprimidos. Lo irónico es que, mientras algunas personas prefieren ceder sus derechos, hay quienes los anhelan con todas sus fuerzas. Esa es la paradoja de nuestro tiempo.


Lo preocupante es pensar cómo una mujer podría renunciar voluntariamente a sus derechos, a sabiendas del costo que han tenido. A sabiendas de que millones de mujeres entregaron su vida para que hoy podamos gozar de libertades que siempre debieron pertenecernos. A sabiendas de que millones de mujeres y niñas aún viven oprimidas, sin la libertad suficiente para decidir sobre sus propias vidas. A sabiendas de que millones de mujeres, por mera geografía, han perdido esos derechos o, peor aún, jamÔs los han tenido.


Basta con pensar en AfganistÔn. Desde el regreso del régimen talibÔn, las mujeres afganas viven privadas de derechos fundamentales: no pueden hablar libremente en público, tienen prohibido continuar sus estudios después de los 12 años, no pueden salir solas, enfrentan enormes limitaciones para acceder a servicios de salud dignos, no pueden decidir cómo vestir ni participar plenamente en la vida social.


Si tan solo viéramos mÔs allÔ y comprendiéramos que, en una vida sin garantías, ningún derecho es permanente. Si entendiéramos que permitir pequeños retrocesos puede convertirse en el inicio de una larga cadena de pérdidas. Hoy, los derechos de millones de personas en el mundo se encuentran debilitados, puestos en duda y, en algunos casos, amenazados con desaparecer. No podemos permitir que sigamos retrocediendo, perdiendo nuestra libertad y que el control sobre nuestras vidas avance.


Y es justamente en ese punto donde esta reflexión deja de ser colectiva para volverse profundamente personal. Como mujer, estas reflexiones me han dolido aún mÔs. Me resulta inconcebible imaginarme entregando mis derechos para que otros los ejerzan por mí. Me duele imaginar un mundo donde las mujeres callen, donde nuestra existencia vuelva a ser minimizada.


Y por eso hoy quise compartirte esto: para empoderarte, para impulsarte, para recordarte que eres valiosa, que eres fuerte, que eres poderosa y que nadie puede arrebatarte los derechos que tanto han costado conquistar. En respeto y honor a todas las mujeres que arriesgaron su vida para que hoy podamos estudiar, votar, elegir con quiƩn casarnos o decidir no hacerlo; por aquellas que murieron con el anhelo de cumplir sus sueƱos, de descubrir sus talentos o de conocer el mundo que tanto deseaban.


Por ellas. Por ellas no debemos perder la batalla. No podemos retroceder ni ceder lo que ya es nuestro, porque mientras mƔs permitamos que decidan por nosotras, menos libres seremos.


La batalla aún no estÔ ganada. Todavía hay millones de mujeres que sufren violencia, injusticias y discriminación por el simple hecho de ser mujeres. No importa si te identificas con alguna corriente del feminismo o con ninguna; hoy todas disfrutamos de derechos conquistados gracias a generaciones de mujeres que lucharon por ellos. Gracias a ellas podemos vivir sin pedir permiso. Y porque aún queda mucho por conquistar, no podemos ceder nuestros derechos, mucho menos mientras existan mujeres que siguen siendo privadas de ellos por la única razón de haber nacido mujeres.

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