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La chihuahueneidad: una identidad para construir el futuro | Opinión de Manuel Jurado

  • Foto del escritor: La Redacción
    La Redacción
  • 2 ago
  • 4 min de lectura

Existe una pregunta que pocas veces nos detenemos a responder: ¿qué significa realmente ser chihuahuense?


Con frecuencia la respuesta se limita al lugar de nacimiento, a la gastronomía, a los paisajes de la Sierra Tarahumara o del desierto, al orgullo por las generaciones que hicieron posible el Chihuahua que hoy habitamos y al carácter fuerte que distingue a quienes viven en el estado más grande de la República. Todo ello forma parte de nuestra identidad, pero no la agota.


La chihuahueneidad es mucho más que un sentimiento de pertenencia. Es una forma de comprender nuestra relación con la tierra que habitamos y, sobre todo, con las personas con quienes compartimos un mismo destino.


Una comunidad no se define únicamente por su historia; se define también por aquello que decide construir. Los pueblos permanecen cuando son capaces de transformar el orgullo de su pasado en un compromiso con su futuro.


Por ello, quizá ha llegado el momento de dejar de entender la chihuahueneidad únicamente como una identidad cultural y comenzar a concebirla como una identidad cívica.


Ser chihuahuense no consiste solamente en haber nacido en Chihuahua. Ser chihuahuense significa asumir una responsabilidad compartida por el bienestar del estado.


Significa comprender que el deterioro de una carretera no afecta únicamente a quien transita por ella; que un incendio forestal en la Sierra no perjudica solamente a las comunidades cercanas; que una crisis sanitaria en el sector ganadero no impacta exclusivamente a los productores; que la inseguridad, la corrupción o la falta de oportunidades nunca son problemas ajenos.


Cuando cualquiera de esos bienes públicos se deteriora, toda la comunidad pierde.

La chihuahueneidad comienza precisamente cuando dejamos de preguntar “¿cómo me afecta?” para empezar a preguntarnos “¿cómo nos afecta?”.


Ese cambio de perspectiva transforma profundamente la manera en que entendemos la ciudadanía.


Durante mucho tiempo se nos enseñó que participar en la vida pública consistía casi exclusivamente en acudir a votar cada determinado número de años. Sin embargo, las democracias modernas exigen mucho más. Requieren ciudadanos informados, organizados y dispuestos a colaborar, proponer y exigir que las instituciones cumplan con su función.


En ese sentido, la identidad regional puede convertirse en una poderosa herramienta para fortalecer nuestra vida democrática.


Cuando una persona exige carreteras seguras, no está defendiendo únicamente su patrimonio o su integridad física. Está protegiendo un bien común.


Cuando una comunidad defiende sus bosques, sus recursos hídricos o la sanidad de su ganado, no está promoviendo intereses particulares. Está preservando condiciones indispensables para el desarrollo de todo el estado.


Cuando la sociedad exige transparencia, legalidad y gobiernos eficaces, tampoco realiza un acto de confrontación. Cumple una función esencial dentro de una democracia constitucional: recordar que el poder público existe para servir a la comunidad.


Por ello, la participación ciudadana no debería entenderse como una actividad extraordinaria, sino como una expresión cotidiana de la chihuahueneidad.

Esta visión también obliga a replantear el significado del orgullo regional.


Sentirse orgulloso de Chihuahua no puede reducirse a hablar de nuestras tradiciones o de nuestras bellezas naturales. El verdadero orgullo implica hacerse responsable de aquello que se ama.


Nadie demuestra amor por su hogar permaneciendo indiferente mientras se deteriora.

Del mismo modo, nadie fortalece la identidad de un estado limitándose a celebrar sus símbolos, mientras permanece pasivo frente a los problemas que comprometen el bienestar colectivo.


La chihuahueneidad se fortalece cuando la ciudadanía participa en la solución de los desafíos comunes.


Cuando las universidades generan conocimiento para resolver problemas públicos.

Cuando los empresarios invierten con responsabilidad social.

Cuando los agricultores y ganaderos impulsan el desarrollo sostenible del campo.

Cuando las organizaciones de la sociedad civil atienden a quienes más lo necesitan.

Cuando las autoridades cumplen la ley con honestidad y eficacia.

Cuando los periodistas informan con responsabilidad.

Cuando los jóvenes descubren que pueden transformar su comunidad.


En suma, cuando cada persona comprende que el destino de Chihuahua también depende de sus propias acciones.


Esta idea encuentra un fundamento profundo en el principio de solidaridad, reconocido como uno de los valores esenciales de las sociedades democráticas contemporáneas. Vivir en comunidad significa aceptar que existen bienes cuya conservación beneficia a todos y cuya pérdida perjudica igualmente a todos. La seguridad, el medio ambiente, la infraestructura, la salud pública, la educación y la confianza en las instituciones son ejemplos de esos bienes comunes que ninguna persona puede proteger por sí sola.


Por ello, la chihuahueneidad no debe entenderse como un sentimiento excluyente ni como una forma de regionalismo que nos separe del resto del país.


Al contrario. Una identidad regional madura fortalece la unidad nacional porque genera ciudadanos comprometidos con su entorno inmediato. Quien aprende a cuidar su comunidad está mejor preparado para contribuir al desarrollo de México.


La chihuahueneidad tampoco pertenece únicamente a quienes nacieron aquí.


También puede ser abrazada por quienes decidieron hacer de Chihuahua su hogar, trabajar por su gente y compartir sus desafíos. La identidad no se hereda exclusivamente por nacimiento; también puede construirse mediante el compromiso.


Quizá por ello la pregunta correcta no sea quién puede llamarse chihuahuense. La verdadera pregunta es quién está dispuesto a asumir la responsabilidad de construir un mejor Chihuahua.


Ese es el desafío de nuestra generación.


Necesitamos una identidad que no se limite a recordar el pasado, sino que inspire el futuro.


Una identidad capaz de unir a la sociedad por encima de diferencias políticas, económicas o ideológicas.


Una identidad que convierta el orgullo en servicio, la pertenencia en responsabilidad y el amor por esta tierra en acciones concretas para proteger sus bienes comunes.


Porque la chihuahueneidad no consiste únicamente en haber recibido un estado extraordinario como herencia.


Consiste, sobre todo, en la decisión de dejar a las generaciones futuras un Chihuahua mejor del que nosotros recibimos.

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