Juventud con criterio | Opinión de Veyra Carrasco
- La Redacción

- 20 ene
- 2 Min. de lectura

En el panorama actual comienza a consolidarse una generación de jóvenes que se acerca a la política desde el estudio, la reflexión y la responsabilidad. No participan por protagonismo ni por inercia, sino por la convicción de comprender antes de opinar y de prepararse antes de decidir. Esta forma de involucrarse nace de una conciencia cada vez más clara: las ideas mal pensadas terminan convertidas en malas decisiones públicas.
Desde el panismo juvenil se impulsa una participación distinta, basada en el criterio, la formación académica y la disciplina intelectual. Jóvenes que se preparan en las universidades, que leen, debaten y estudian porque entienden que la política no es un escenario para improvisar, sino un espacio que exige conocimiento y seriedad. Esta visión contrasta de manera evidente con una práctica que se ha vuelto demasiado común: cargos ocupados sin contenido, discursos construidos desde la ocurrencia y no desde el análisis, y voces públicas que hablan mucho, pero dicen poco.
Hoy vemos a jóvenes que se forman por amor a su tierra, desde distintas disciplinas, convencidos de que toda profesión suma cuando se pone al servicio del bien común. Frente a ello, resulta cada vez más evidente el desgaste que produce una política dominada por la ignorancia disfrazada de certeza, por mensajes repetidos sin fundamento y por narrativas que no aportan soluciones, solo ruido y aburrimiento. La juventud ya no acompaña esa dinámica; la cuestiona.
Los jóvenes ya no somos solo una promesa futura, sino una fuerza activa del presente. Y esa fuerza no está dispuesta a normalizar la mediocridad ni a aplaudir discursos improvisados que no resuelven nada. Nuestra fortaleza está en la constancia, la preparación y la defensa de ideales desde el conocimiento. Cuando una generación decide pensar críticamente y no conformarse con explicaciones simples para problemas complejos, la política se eleva.
Cuando se deja de premiar la ignorancia y se exige criterio; cuando se sustituye la improvisación por preparación; y cuando la juventud decide no callar frente a lo superficial, la política deja de aburrir y comienza, por fin, a servir. Ahí es donde la esperanza deja de ser un recurso discursivo y empieza a convertirse en una posibilidad real para México.







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