El triunfo más allá de la Copa Mundial | Opinión de Nahiara Colmenero
- La Redacción

- 20 jun
- 3 min de lectura

La FIFA cuenta con 211 miembros; la ONU tan solo tiene 193.
Cada cuatro años, miles de millones de personas se sientan frente al televisor para seguir a sus equipos. Prácticamente el mundo se detiene a mirar hacia el mismo escenario. Sin embargo, quizá quien levanta la Copa del Mundo no sea lo más interesante que tiene el Mundial, sino quienes lograron llegar hasta ahí.
Desde inicios de 2026 se ha hablado sobre una variedad de temas en torno al Mundial con sede compartida entre México, Estados Unidos y Canadá, no solo por el resultado deportivo, sino por su impacto social, económico, turístico y hasta ambiental. Esto ya nos da una idea de que este no es un simple evento deportivo. Más allá de la cancha y los 90 minutos de cada partido, se convierte en una plataforma de visibilidad global. Incluso países de los que ni siquiera logramos recordar su bandera o su ubicación logran llamar nuestra atención con su selección y sus partidos.
Países con poca participación en el escenario internacional, que reciben poca atención mediática o que incluso han sido olvidados en medio de sus crisis, encuentran en el Mundial una oportunidad para ser vistos, participar y ocupar un lugar en el escenario mundial. Este Mundial generó nuevas ilusiones para países como Cabo Verde, Curazao, Jordania y Uzbekistán con sus debuts históricos; incluso hubo quienes se sorprendieron con el regreso de Haití, República Democrática del Congo, Irak, Noruega, Turquía y muchos más que vuelven después de años de ausencia en las canchas mundialistas.
No podemos saber con certeza el resultado de la Copa Mundial o si algunos de estos nuevos integrantes tendrán resultados grandiosos, pero lo que sí sabemos es que todos estos países volverán triunfantes, no por los partidos ganados, sino porque para ellos participar ya es una victoria.
Aquellos territorios que viven bajo la sombra de sus crisis y conflictos tienen la oportunidad de demostrarle al mundo que su identidad no se reduce a sus problemáticas, que la fuerza de su gente va mucho más allá de sus circunstancias y que su historia no es solo oscuridad. Y el Mundial es su oportunidad de demostrarlo.
Esto, aunque no directamente, es una gran ayuda para acabar con el reduccionismo en el que caemos al hablar de países extranjeros, al etiquetarlos con base en el único dato que los medios nos presentan: la crisis en Haití, el autoritarismo en Turquía, la guerra civil en la RDC o la vulnerabilidad ambiental de Cabo Verde.
Ningún país es solo su tragedia.
El Mundial nos lo demuestra. Nos demuestra la resiliencia de la ciudadanía de los países, incluso de los más afectados por sus contextos actuales.
Y es que esa resiliencia no solo se ve en los jugadores; se ve incluso en el mexicano que apoya a la selección desde Estados Unidos, el colombiano que sigue los partidos desde España, el haitiano que se emociona desde Canadá o el congoleño que recuerda a su país desde Francia. Por un momento, el fútbol transporta a la gente a sus hogares, a sus recuerdos y a sus familias.
Esta es, quizá, una de las partes más importantes: todo lo que une esta Copa del Mundo, sin siquiera intentarlo; esos abrazos a desconocidos por la emoción de un gol, los gritos compartidos tras un tiro fallido y las amistades que surgen de la pasión por el fútbol. Y aunque me parecería ingenuo hablar de todo esto sin recordar la otra cara de la moneda, esa de la que ya hemos hablado: los intereses detrás, la corrupción, las desigualdades y el sportwashing, tampoco sería justo quedarme con solo una.
Reconocer esas problemáticas no nos impide ver aquello que también importa, y no me refiero a quién levantará el trofeo al final del Mundial, sino a la emoción que compartimos juntos y a lo que significa para cada uno. Para algunos países, el triunfo es ser vistos, es haber regresado a la cancha; para muchos migrantes, es sentirse cerca de casa; y para el resto del mundo, una oportunidad para recordar que detrás de cada selección hay un país mucho más complejo, humano y resiliente de lo que solemos imaginar.




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