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El esfuerzo no siempre tiene recompensa | Opinión de Gael Haziel

  • Foto del escritor: La Redacción
    La Redacción
  • 22 ene
  • 3 Min. de lectura

No soy fan de los Buffalo Bills. Crecí apoyando a los Cowboys y, por cuestiones familiares, siempre tuve cierta afinidad por los Seahawks. Tal vez por eso puedo escribir esto con un poco de distancia emocional. Pero hay derrotas que trascienden colores, y la más reciente de los Bills es una de ellas.


Buffalo volvió a quedarse a la puerta. Sí, otra vez, de manera dramática, cruel, casi quirúrgica. De esas derrotas que no solo se leen en el marcador, sino en los rostros. Josh Allen, uno de los jugadores más talentosos de su generación, llorando abiertamente y diciendo que sentía haber decepcionado a sus compañeros, fue una imagen que recorrió toda la NFL, pues no solo era solo un quarterback tras una derrota: era el símbolo de una franquicia atrapada en el “ya merito”.


Los Bills se han convertido en expertos en llegar lejos, en ilusionar, en construir equipos sólidos, competitivos, incluso dominantes… y aun así quedarse cortos. Wide Right. El Music City Miracle. Los “13 segundos” y ahora este nuevo capítulo. La lista no solo es larga: es parte del ADN de la franquicia.


Lo más desconcertante es que esto ocurre teniendo a Josh Allen quien es un jugador franquicia en el sentido más puro del término. Talentoso, líder, físico, carismático. El tipo de quarterback que, en teoría, garantiza que tarde o temprano todo encaje, pero la NFL no funciona con teorías, funciona con domingos crueles y ventanas que se cierran sin avisar.


Ahí es donde la historia de Buffalo deja de ser solo deportiva y se vuelve profundamente humana. Porque siempre nos dicen que el esfuerzo es suficiente. Que la resiliencia paga. Que si insistes, eventualmente llega la recompensa. ¿Pero qué pasa cuando no llega? ¿Qué pasa cuando haces todo bien y aun así pierdes?


El deporte, como la vida, no es una meritocracia perfecta, a veces gana el mejor, a veces gana el que tiene más suerte, a veces el que se equivoca menos en el momento exacto y a veces, simplemente, gana otro que no lo merece.


Porque casi todos, alguna vez, hemos hecho lo que se suponía que debíamos hacer: prepararnos, insistir, resistir, llegar hasta el final… y aun así quedarnos a un paso, cargar con esa sensación tan humana de pensar que no fuiste suficiente, de creer que decepcionaste a otros aunque lo hayas dado todo.


Todos, en algún punto de la vida, todos hemos sido Josh Allen quedándonos a la puerta.

Durante años, Buffalo ha sido vista como una ciudad dura, golpeada, resistente. Una afición leal hasta la terquedad, y su equipo, los Bills representan eso: frío, trabajo, constancia, identidad.


Esta misma temporada nos dio un recordatorio poderoso desde otro escenario: el college football. Indiana, un programa históricamente irrelevante, sin tradición ganadora ni reflectores permanentes, rompió su techo. Ganó cuando nadie lo esperaba. No porque de pronto tuviera más estrellas que los gigantes, sino porque el proceso, la paciencia y la constancia finalmente coincidieron con el momento correcto.


Indiana no borró décadas de historia en un año. Pero demostró algo clave: que el pasado no dicta el final, solo lo condiciona.


Eso es lo que mantiene viva la conversación en Buffalo. No la certeza de que “el próximo año será el bueno”, sino la posibilidad real de que, algún día, las piezas encajen. Josh Allen sigue ahí. El talento sigue ahí. La afición, más que probada, sigue ahí. Y en una liga diseñada para el equilibrio, eso importa.


Tal vez el consuelo no está en romantizar el “seguir intentándolo”, sino en entender que el intento no siempre garantiza el resultado, pero sí mantiene abierta la puerta a que, cuando llegue la oportunidad, estés listo para cruzarla.

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