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¿Y si sí? | Opinión de Manuel Jurado

  • Foto del escritor: La Redacción
    La Redacción
  • hace 2 días
  • 4 min de lectura

Hay frases que nacen para explicar un momento. Otras, sin proponérselo, terminan explicando una época.


“¿Y si sí?” fue, en apariencia, una consigna futbolera. Tres palabras que acompañaron la ilusión de millones den mexicanos cuando la lógica invitaba al escepticismo. No prometían victorias, no aseguraban resultados. Simplemente recordaban algo que solemos olvidar: mientras exista una posibilidad, siempre habrá razones para creer.


Pero quizá el mayor valor de esa frase no esté en una cancha, quizá su verdadero lugar esté en la forma en que decidimos vivir como sociedad.


Durante demasiado tiempo nos hemos acostumbrado a escuchar que México no tiene remedio. La violencia. Las carreteras destruidas. Los hospitales saturados. La falta de agua. La contaminación. La inseguridad. Poco a poco se instala una idea peligrosa: “así ha sido siempre”, “las instituciones nunca cambiarán”, “nadie hará nada”, “¿para qué intentarlo?”.


Sin darnos cuenta, el “no se puede” dejó de ser una opinión para convertirse en una cultura y ninguna nación puede transformarse cuando pierde la capacidad de imaginar un futuro distinto.


Toda transformación comienza mucho antes de las leyes, las sentencias o las políticas públicas. Comienza en la manera en que una sociedad decide mirar sus propios problemas.


Porque quien está convencido de que nada cambiará, jamás hará el esfuerzo por cambiar algo. En cambio, quien se atreve a preguntar “¿y si sí?”, abre la puerta a una posibilidad que antes ni siquiera existía.


¿Y si sí podemos recuperar nuestras carreteras?

¿Y si sí podemos exigir mejores servicios públicos?

¿Y si sí podemos construir instituciones más fuertes?

¿Y si sí podemos disminuir la violencia desde nuestras comunidades?

¿Y si sí podemos demostrar que la participación ciudadana sigue siendo capaz de transformar realidades?


La historia demuestra que las grandes conquistas nunca comenzaron con una garantía de éxito. Comenzaron con personas que decidieron actuar cuando todos los demás habían renunciado.


Nuestro país está lleno de personas que todos los días hacen precisamente eso: maestros que no abandonan a sus alumnos; médicos que trabajan con recursos insuficientes; policías honestos; organizaciones civiles que atienden donde el Estado no alcanza; vecinos que limpian un parque; jóvenes que organizan campañas de reforestación; ciudadanos que documentan problemas para hacerlos visibles.


No aparecen todos los días en los titulares, pero son ellos quienes sostienen la esperanza de México.


Hace un mes, miles de ciudadanos de la región sur de Chihuahua decidimos hacer exactamente eso frente a un problema que durante años parecía condenado a la indiferencia: el abandono de la vía corta Parral-Chihuahua.


Había quienes aseguraban que acudir a los tribunales era inútil. Que las carreteras no se resolvían mediante un juicio. Que enfrentarse a la inercia institucional era una batalla perdida.


Pero la pregunta nunca fue si era fácil. La pregunta fue otra: ¿Y si sí? ¿Y si sí existía una vía jurídica para defender el derecho de miles de personas a transitar por una carretera segura? ¿Y si sí la ciudadanía podía organizarse para impulsar una causa común?


Miles de personas decidieron no quedarse únicamente en la queja. Firmaron, participaron, compartieron testimonios, reunieron evidencia, convencieron a otros de sumarse y recordaron algo que con frecuencia olvidamos: los asuntos públicos también pertenecen a la ciudadanía.


Hoy ese esfuerzo colectivo se encuentra en manos de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.


Independientemente de lo que resuelva el Máximo Tribunal, ya existe una victoria que nadie podrá revertir. Miles de personas descubrieron que no son simples espectadores de la vida pública. Son protagonistas. Y esa quizá sea la lección más importante.


La democracia no se limita al día en que depositamos un voto en una urna. Vive cuando una comunidad decide organizarse para resolver un problema común. Cuando exige cuentas. Cuando propone soluciones. Cuando acompaña a quienes levantan la voz. Cuando entiende que el gobierno no puede construir por sí solo el país que todos anhelamos.


La esperanza, entonces, deja de ser un sentimiento, se convierte en una responsabilidad compartida. Porque esperar que alguien más arregle nuestros problemas nunca ha cambiado una nación.


Participar sí. Tal vez por eso la pregunta más poderosa que podemos hacernos como ciudadanos no sea quién resolverá nuestros problemas. La verdadera pregunta es qué estamos dispuestos a hacer nosotros para comenzar a resolverlos.


Porque cada iniciativa ciudadana, cada organización civil, cada voluntario, cada vecino que mejora su comunidad, cada estudiante que levanta la voz, cada profesionista que pone su conocimiento al servicio del bien común y cada persona que decide involucrarse está respondiendo, con hechos, a la misma pregunta: ¿Y si sí?


Ojalá esa frase sobreviva mucho más que un torneo de futbol. Ojalá deje de ser un grito de aliento para convertirse en una manera de mirar a México.


Porque el día en que millones de ciudadanos sustituyamos el “no se puede” por el “¿y si sí?”, ese día habremos dado el primer paso hacia el país que durante tanto tiempo hemos esperado.


Y, como ocurre con todas las grandes evoluciones, ese primer paso siempre comienza en el mismo lugar: la decisión de creer… y el valor de actuar.

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