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El país que volvió a mirarse en la misma camiseta | Opinión de Froylán Castillo

  • Foto del escritor: La Redacción
    La Redacción
  • hace 13 horas
  • 3 min de lectura

Durante algunas semanas, México volvió a reconocerse en un mismo símbolo. No fue una bandera partidista, ni una consigna de gobierno, ni una convocatoria oficial. Fue una camiseta. La misma que vistieron niños, jóvenes, familias enteras, trabajadores y millones de mexicanos que, por encima de sus diferencias, encontraron en el fútbol una razón común para mirar hacia el mismo lado.


El Mundial tuvo ese efecto extraño y poderoso, suspendió, aunque fuera por momentos, la conversación áspera de todos los días. En un país acostumbrado a la confrontación política, al agravio como método y a la división como estrategia, la pelota abrió un paréntesis. México volvió a cantar juntos, a sufrir juntos, a ilusionarse juntos. Y eso, en tiempos de desencanto, no es menor.

Habrá quien insista en que se trata solamente de fútbol. Es verdad, el fútbol no resuelve la inseguridad, no mejora los servicios públicos, no reconstruye instituciones ni sustituye la responsabilidad de gobernar. Pero reducirlo a un espectáculo sería no entender su dimensión social. El fútbol, cuando toca las fibras de una nación, se convierte en lenguaje común. En una forma de pertenencia y en una memoria compartida.


México llegó a este Mundial en condiciones complejas. Con un ánimo público deteriorado, con una sociedad cansada de la violencia, con instituciones debilitadas y con una política que, demasiadas veces, ha preferido administrar la división antes que construir comunidad.

El país recibió la fiesta mundialista en medio de carencias evidentes y de una conducción pública que no ha estado a la altura de la grandeza nacional.

Y, sin embargo, la gente respondió.


Respondió no por los méritos del gobierno, sino a pesar de ellos. Respondió porque México suele ser más grande que sus autoridades. Porque hay una reserva de orgullo, de identidad y de esperanza que ningún mal gobierno termina de apagar. En las calles, en las plazas, en los hogares y en las conversaciones cotidianas, el Mundial recordó algo que la política parece haber olvidado, una nación necesita motivos para encontrarse.


La fuerza de esos días no estuvo únicamente en el resultado deportivo, sino en la emoción colectiva. En ver a desconocidos abrazarse después de un gol. En escuchar el himno como algo más que un protocolo. En descubrir que todavía hay símbolos capaces de convocarnos sin preguntarnos primero por quién votamos, qué pensamos o de qué lado estamos.


Por supuesto, la pasión no debe confundirse con evasión. El Mundial no puede ser anestesia ni cortina de humo. Ninguna celebración deportiva debe servir para ocultar los problemas profundos del país. Pero sí puede funcionar como espejo. Y lo que ese espejo mostró fue un México vivo, intenso, profundamente orgulloso de sí mismo; un México que no ha renunciado a la esperanza, aunque muchas veces tenga razones para hacerlo.


Ahí está la lección política de fondo. Si un país puede unirse alrededor de una camiseta, también puede hacerlo alrededor de causas mayores, la seguridad, la justicia, la educación, la libertad y la dignidad. Si millones de mexicanos pueden dejar de lado sus diferencias para acompañar a una selección, también deberían poder exigir juntos un país más serio, más justo y mejor gobernado.


El contraste es inevitable. Mientras la sociedad mostró grandeza en la manera de vivir el Mundial, la política volvió a exhibir su pequeñez. Un país capaz de emocionarse unido merece gobiernos que estén a su altura. Merece instituciones que no administren la mediocridad, dirigentes que no lucren con la división y una vida pública que entienda que gobernar no es apropiarse de la patria, sino servirla.


De las cosas menos importantes, se ha dicho muchas veces, el fútbol es la más importante. Tal vez porque no siendo esencial, toca algo esencial, la identidad, la memoria, la infancia, la familia, la pertenencia. Nos recuerda que antes de ser adversarios, somos parte de una misma historia. Nos recuerda que México no le pertenece a ningún gobierno ni a ningún partido. México le pertenece a quienes lo aman, lo trabajan, lo sufren y lo siguen soñando.


Este Mundial no resolvió nuestros problemas. Pero nos recordó por qué vale la pena enfrentarlos.


Porque durante unas semanas, México volvió a mirarse en la misma camiseta. Y cuando un país todavía puede reconocerse unido, todavía tiene futuro.


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