La responsabilidad de servir | Opinión de Nahiara Colmenero
- La Redacción

- hace 3 horas
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Hay momentos en la vida de nuestro estado en los que la llegada de noticias trágicas nos obliga a hacer una pausa para reflexionar como comunidad. Al menos, a eso me avoco cada vez que una noticia me duele tanto como para distraerme de la rutina.
A inicios de esta semana llegó una noticia que me conmocionó tanto como para que, el día de hoy, esté compartiendo esta reflexión. El caso: otra vida perdida por una razón previsible y, lo más doloroso, evitable.
Estos hechos nos apelan a todos, y en este caso, miles de comentarios se pronunciaron alrededor de ello. La indignación llegó a todos los rincones de la ciudad: jóvenes y adultos, trabajadores y no trabajadores, colectivos y familias, pero también, debo decirlo, llegó hasta el servicio público.
Quienes tenemos el honor y la responsabilidad de servir a la ciudadanía debemos ser los más irritados cuando algo así sucede, y debe también llevarnos a replantear nuestro trabajo. Un trabajo que diariamente se ve inundado de trámites burocráticos, formatos y agendas institucionales. Entre estos actos repetitivos se encuentra un riesgo sumamente peligroso: caer en una neutralidad y objetividad que matice en nosotros la sensibilidad que requiere ser un servidor público.
Entre los hechos repetitivos es posible olvidar y errar en el actuar, no por deseo de hacerlo, sino por un cúmulo de cosas que, al final del día, quedan sin importancia si ese error u omisión cuesta la vida de, aunque sea, una persona. Si damos paso a que algo así suceda, no solamente incumplimos con la naturaleza misma de servir a la comunidad, sino que volvemos en vano toda la preparación y los esfuerzos que constantemente se realizan para ser mejores en nuestra labor.
Es precisamente en momentos de tragedia y miedo donde mayor relevancia debe cobrar la función pública y despertar en nosotros el mayor instinto de protección y garantía para nuestros conciudadanos. Y es que la función pública no es solo la ejecución de protocolos que nos hacen actuar en un estado casi robótico de automatización, sino que es en la manifestación del cuidado donde radica la verdadera naturaleza de este maravilloso servicio.
Cuando un servidor público va más allá del protocolo, cuando se despega de la frialdad de los trámites y conecta realmente con las personas, es cuando hablamos de un verdadero ejemplo de servicio. Alguien que actúa con vocación y no por beneficio propio; alguien que busca ayudar desde esta posición; alguien que quiere ir más allá y dar solución a causas que otros daban por perdidas. Ese es el servidor al que debemos respetar y honrar.
Maravillosamente, me he dado cuenta de que sí existen muchas personas así dentro de este sistema. Hay quienes están dispuestos a dar más de la cuenta y son a quienes debemos tomar de ejemplo cuando la problemática se presente y decidamos tomar acción para salvaguardar la integridad de las personas.
Por respeto a los hechos ocurridos, por las víctimas que han sufrido lo mismo, por la dignidad de todas las personas, he decidido no mencionar los hechos, pero los recuerdo y los llevo en mente para que, como servidora pública, nunca olvide por qué estoy aquí.
Porque detrás de cada trámite hay una persona. Detrás de cada protocolo hay una historia. Y detrás de cada decisión que tomamos existe alguien que puede verse afectado por ella.
Servir no puede convertirse en una rutina. No podemos permitir que la costumbre nos haga indiferentes ni que los procedimientos nos hagan olvidar aquello que debería ser lo más importante: las personas.
Quizá no siempre podamos evitar una tragedia, pero sí podemos preguntarnos, cada día, si hicimos todo lo que estaba en nuestras manos para evitarla. Y esa pregunta, aunque incómoda, debería acompañarnos siempre.




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