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La era de la infoxicación | Opinión de Nahiara Colmenero

  • Foto del escritor: La Redacción
    La Redacción
  • hace 4 días
  • 2 Min. de lectura

“Le sorprendía que lo más característico de la vida moderna no fuera su crueldad ni su inseguridad, sino sencillamente su vaciedad, su absoluta falta de contenido…”

-Orwell en su obra 1984


Nos advirtieron que el mundo se encaminaba hacia la censura. Que los gobiernos controlarían la información, no solo manipulándola, sino destruyéndola. Nos hablaron del peligro del silencio. Pero nadie nos advirtió del ruido. No vivimos en un mundo donde acceder a la información sea imposible. Vivimos en uno donde su abundancia nos asfixia.


A diferencia de lo que imaginaron Orwell en su obra 1984 o Bradbury en Fahrenheit 451, el poder no ha optado únicamente por restringir contenidos. Ha elegido una estrategia distinta, pero igualmente inquietante: saturarnos.


La información es tanta que abruma. Es tanta que la desestimamos.

Es tanta que la olvidamos.


Antes el poder controlaba lo que sabíamos.

Hoy juega con cuánto somos capaces de procesar.


Y así, casi sin darnos cuenta, dejamos de prestar atención a lo que más debería importarnos. La visibilidad termina produciendo ceguera. La inmediatez diluye la memoria.


En este mundo de novedades constantes, nada permanece el tiempo suficiente como para transformarse en conciencia.


Un momento nos conmueve la tragedia de un grupo de personas víctimas de un atentado; cinco minutos después, otra noticia ha desplazado nuestra atención. No porque el dolor haya dejado de existir, sino porque el flujo nunca se detiene.


Quizá el reto para nuestras generaciones no sea encontrar la información, sino aprender a sostenerla.

Permanecer más de cinco minutos en una noticia. Seguir con atención el desarrollo de una crisis.

Ampliar la información e intentar comprenderla.

Profundizar, contrastar, conectar.


Prestar atención plena. Preservar la memoria. Empatizar con quienes sufren.


Dejar de consumir la realidad como mero contenido y volver a mirarla con ojos —y con conciencia— humana.

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