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¿El humanismo como respuesta?| Opinión de André Soto

  • Foto del escritor: La Redacción
    La Redacción
  • hace 2 días
  • 2 Min. de lectura

Hace unas semanas escribi sobre el común denominador de los problemas, si no lo haz leído te invito a hacerlo, pues este articulo es su continuación.


Si la raíz de muchos de nuestros problemas es que no se respeta la dignidad de la persona, entonces la solución es tan clara como exigente: conocerla, reconocerla y defenderla.


Desde pequeños nos enseñaron valores: puntualidad, honestidad, respeto, empatía. Pero casi siempre como reglas. Como obligaciones sociales que, si no cumplías, traían castigo. Pocas veces nos explicaron “el porqué” de vivir los valores.

Y ese porqué es el valor de las personas. Cuando entiendes eso, todo cambia.


No soy puntual solo por obligación, sino porque el tiempo de los demás vale.

No soy honesto solo porque mentir sea mal visto, sino porque la otra persona merece la verdad. No respeto a los demás por regla, sino porque reconozco dignidad del otro, igual a la mía e incalculable.


Los valores dejan de ser reglas y se vuelven convicciones, diría San Agustin; NO es libre el que cumple los mandamientos por obligación, sino el que los cumple por amor a Dios, a los demás y a si mismo.


Ese es el motor del humanismo: reconocer que cada decisión debe partir del valor de la persona. Y esto aplica en todas las áreas de la vida.


En la empresa, cuando hay prestaciones dignas y seguridad laboral, pero también cuando el trabajador responde con profesionalismo.


En la familia, cuando hombre y mujer, siendo distintos en roles, se saben iguales en dignidad y se complementan.


En la escuela, en el deporte, en la cultura.


La pregunta guía es sencilla:

¿Esto que voy a hacer respeta la dignidad de las personas?

¿Reconoce que todos valen por igual, que su valor es inherente y que es incalculable?


Cuando entramos al terreno político, la cosa cambia… y mucho.


Hoy vemos gobiernos que hablan de “primero los pobres”, pero que reducen a las personas a clientelas electorales. Gobiernos que dicen defender al pueblo mientras lo mantienen dependiente de las becas. Que reparten dinero, pero no generan condiciones para que la gente salga adelante por sí misma.


Cuando se utiliza la necesidad para comprar lealtades, no se respeta la dignidad: se vende.

Vemos también cómo desde el poder se miente con facilidad, se manipula la información y se polariza a la sociedad entre “buenos y malos”. Se cancela al que piensa distinto. Se gobierna más desde la narrativa de la mañanera que desde la verdad.


Eso no es humanismo.

Un gobierno que respeta la dignidad habla con transparencia, incluso cuando la verdad incomoda. Invierte en educación, en infraestructura, en seguridad, no solo en transferencias. Corrige cuando se equivoca. Da la cara.


Pero cuando se prioriza el proyecto político sobre la persona, cuando importan más las elecciones que las soluciones, la dignidad deja de ser el centro.

El humanismo exige subsidiariedad y solidaridad. Ayudar, sí, pero para que la persona crezca. Acompañar, no someter. Servir, no controlar.


Por eso hago un llamado claro, especialmente para quienes gobiernan: Conozcan la dignidad humana. Reconózcanla en cada política pública. Protéjanla de quienes no la violentan.

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