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El costo de la superioridad moral | Opinión de Rogelio Pérez

  • Foto del escritor: La Redacción
    La Redacción
  • hace 3 días
  • 2 Min. de lectura

Ya tenía tiempo sin escribir en mi apreciada columna en Al Punto de la Noticia. Hoy quiero platicar sobre un tema actual que probablemente esté pasando por la cabeza de muchos, y que, sin duda, no pasará desapercibido en los tiempos venideros.


Durante años, Morena construyó su identidad política alrededor de una idea profundamente poderosa: ellos no eran iguales. No eran iguales al PRI, no eran iguales al PAN, no eran iguales a la vieja clase política que durante décadas convirtió el poder en privilegio, simulación y corrupción. La llamada Cuarta Transformación no solo prometía gobernar distinto; prometía ser moralmente distinta.


Ese fue quizá su mayor acierto político, pero hoy comienza a convertirse en su principal problema.


Porque el obradorismo no edificó únicamente un movimiento político. Construyó un discurso ético. Una narrativa donde existían los buenos y los malos, el pueblo y los corruptos, los honestos y los conservadores. Durante años, la legitimidad del movimiento descansó más en la idea de superioridad moral que en la capacidad institucional de gobernar.


Y ahí es donde aparece la contradicción más incómoda.


La corrupción dejó de indignar cuando comenzó a medirse según el partido que la cometía.

Ese es quizá el síntoma más delicado del momento político que vive el país. No porque la corrupción haya nacido con la Cuarta Transformación (sería absurdo afirmarlo), sino porque el movimiento decidió construir toda su legitimidad sobre la promesa de ser moralmente superior a quienes gobernaron antes.


Y cuando un gobierno se presenta como incorruptible, cualquier contradicción deja de ser un error político y se convierte en una fractura ética.


La 4T decidió convertir la virtud en discurso permanente. El problema es que ningún movimiento político puede sostener durante años una narrativa de pureza absoluta sin terminar enfrentándose a la realidad del poder.


Porque el poder no transforma moralmente a las personas. El poder únicamente exhibe quiénes realmente son.


Hoy Morena parece atrapado dentro del personaje que construyó López Obrador: el del movimiento moralmente impecable, el de la honestidad incuestionable, el de la superioridad ética frente a todos los demás. Y conforme pasan los años, sostener ese personaje se vuelve cada vez más difícil.


No porque hayan desaparecido los adversarios políticos, sino porque comenzaron a aparecer contradicciones internas demasiado parecidas a aquello que prometieron destruir.


Tal vez el desgaste más profundo de la Cuarta Transformación no comenzó con los errores de gobierno. Tal vez comenzó el día en que el país entendió que quienes prometieron ser distintos terminaron pareciéndose a esa narrativa.

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